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miércoles, 6 de mayo de 2020

Un rayo de luna

Esta vez vuelvo a colaborar con las Bibliotecas Públicas de León y sus lectoras y lectores más jóvenes para recitarles un poema propio de cuando yo estaba en la EGB que dediqué a dos amigas mías, gemelas, Mónica y Beatriz, que son mis mejores amigas desde que teníamos unos 4 ó 5 años. El texto no es el mejor de los que he escrito, pero le tengo muchísimo cariño. Espero que os guste.




jueves, 31 de mayo de 2018

Contar tus lunares


Compañera / usted sabe
que puede contar / conmigo
no hasta dos / o hasta diez
sino contar / conmigo

Mario Benedetti


Déjame esta noche, compañero,
contar tus lunares
bajo el alféizar de los sueños;
que al abrigo de mi alcoba
pueda domar tus miedos
mientras tú besas mis alas.

Cúbrete con mis cabellos,
despeina mis cicatrices.

Has de saber, compañero,
que caminar a tu lado
es sendero de miel y albahaca,
y que desde febrero
busco cada noche tu sombra
tras todas mis cortinas.

Compañero, no te olvides
de dibujar el perfil de mis caderas,
de arañar mis vértebras una a una,
de hacer brotar mis quejidos
que de madrugada te susurran:
“Ven, compañero, ven a mi lado”.

No tapes los silencios de tus pasos,
no disfraces el cansancio,
no dejes de buscarme.

Porque, compañero, hemos construido
un viaducto de tu balcón al mío,
para que fluyamos
juntos
de la mano
y sin peajes…

No lo olvidemos.

jueves, 24 de agosto de 2017

Olvidarte o morir de amor

 Cuentan que los elefantes tienen una memoria excelente.

Recuerdan más allá de lo que nuestra imaginación puede sospechar.

Si pierden a un ser querido, sufren un duelo inmenso.

La manada se vuelca con ellos, los cuidan.

Ya con los cuerpos descompuestos, son capaces de reconocer el esqueleto de quienes amaron y acariciarlo.

Y se han dado casos en los que evitan de comer y se acuestan cubiertos de lágrimas.

Dejándose morir, literalmente, de amor.


Es ahora cuando he de enterrar tus huesos.

Recuerdo cada rincón que la piel que los cubría me tocó.

No quiero recordarlo.


Te llevo hacia el páramo

donde árboles y matorrales secos

serán tu única compañía.

Llevo la sombra que dejaste cuando marchabas

y la luz que me diste cuando volvías.

Te llevo despacio, casi sin que te des cuenta.

Quiero enterrarte en lo más profundo de la Laguna Negra.

Allí donde no te encontraré jamás.

Y de donde jamás volverás a salir.


Voy sola.

Le dije a mi sombra que se quedase en casa.

No quiero testigos que recuerden

dónde te puse.

Tus huesos pelados huelen a ti.


Ha sido imposible quitarles el olor

de la mañana recién horneada

y de las legañas que abrigan tus ojos.


En el cesto chocan entre ellos.

Y su voz suena a calimba africana.

Mientras camino,Llorosa como un ángel de piedra

que esconde su rostro dolido entre sus manos.

Llamando con gemidos aguados

a quien sonríe entre cervezas sin espuma.


voy dejando melodías al viento.


Llegando al lugar el viento camufla mi rostro.


Los ojos se esconden

tras el límite que el aire marca.


Vuelven las lágrimas.


Vuelves.


Respiro.

Respiro hondo.


No podré.


Ahora sé que no podré.


He de volver atrás

y buscar

el sitio

donde me dejaré caer.


Huellas