Ahora gire la cabeza y el torso hacia el ventanal de la izquierda y luego, sin mover el cuerpo, intente mirarme. Así, muy bien. Sonría, tiene usted una sonrisa preciosa, ¿lo sabe? Quiero ver sus dientes bajo los labios. Hermosos labios, Mrs. Whitbread, si me lo permite. Tiene además una piel exquisita. Se notan los cuidados que le da. Le ruego que permanezca quieta mientras tomo notas para su nuevo retrato.
Rosalba estaba acostumbrada a este trabajo. Disfrutaba con cada nuevo
encargo. Intentaba sacar lo mejor de cada uno de sus clientes. Nunca
uno se marchó insatisfecho. Empezó con su tarea. Sacó un cuaderno
grande de bocetos y empezó a deslizar ágilmente su mano por la hoja
en blanco. Mistress Anne Whitbread estaba frente a ella. Era una
mujer atractiva y dulce pero ya los años y sus cinco hijos empezaban
a hacer mella en su piel y en su mirada. Rosalba podía recordarla
perfectamente hace quince años. Vino con su prima Elizabeth y le
encargaron sendos retratos. Sonrió con nostalgia recordando y
continuó con su boceto...


