De adolescente, mi cuarto lo pinté de azul. Mi primer cuarto propio, porque en la antigua casa compartía habitación con mi hermana pequeña. Pinté mi cuarto, las paredes y el techo, de azul. Azul tristeza, azul melancolía, azul celeste, azul cielo. Y en el techo, rodeando la lámpara y abarcándolo todo, estrellas, todas las estrellas que pude conseguir. De esas que brillan en la oscuridad. Y una luna, no podía faltar una luna grande.
Mi antiguo cuarto sigue siendo azul. Mis padres lo volvieron a pintar, pero mantuvieron el color. Cambiaron los muebles, aunque no todos. El espejo que yo decoré con motivos vegetales a base de pinta uñas (era un contrachapado lacado, el pinta uñas fue lo único que agarró) aún está donde lo puse: encima del radiador. En ese espejo me vi convertir en mujer. En ese espejo lloré, reí, me maquillé, me odié y me amé.
Hace un par de años escribí a esas paredes azules que aunque ya no me rodean aún viven en mí.