miércoles, 18 de septiembre de 2013

Igual no vuelvo

Abuela, he saqueado tu casa en nombre mío y de mis hermanos. Espero que me perdones.

En el camino intento prender de mis ojos lo que no quiero olvidar: el lúpulo trepando hacia el cielo en columnas paralelas y ligeramente inclinadas; los cubos de heno en los campos amarillos al final del verano; el olor del río; las manchas de moras recién recogidas; la bicicleta los martes en el mercado; bañarnos en el canal; el rastro que dejan las ovejas al pasar por nuestra calle; los desconchados de las paredes; el olor de los armarios; y las rosquillas que siempre nos hacías.

Abuelo, no querías que me marchara de tu casa. Por eso trancaste la puerta. No podía volver a cerrarla. Un vecino me ayudó. Yo marché con lágrimas.

Enedina me dice que soy valiente. "Qué valiente eres ¿y te has venido tú sola desde Madrid? ¿en coche?". La miro sonriendo. Siento que somos de otro mundo. "Claro -sigue- para qué vas a necesitar a nadie más... ¿y si te hacen algo? Tú sola, por la carretera...". No, Enedina, no soy valiente. Soy temerosa. Temerosa de perder el lugar donde habitan los sueños de mi infancia. Sólo con cerrar la puerta de esta pequeña y humilde casa ya se me ponen los pelos de punta y se me llenan los ojos de lágrimas. El espacio donde charlar con los fantasmas, ver a mi abuelo dormitando al lado de la radio o soltando tacos frente al Telediario. Y mi abuela eternamente paseando por el pasillo, arriba y abajo, aguja de ganchillo en mano y silbando, silbando. Y mi tía al lado del fregadero, delgada, quieta, abrazando su minicuerpo mientras fuma sin parar. Y yo sentada en la mesa camilla, con los pies al lado del brasero, leyendo, siempre leyendo.

Han vendido la casa de mis abuelos. Y yo... igual ni vuelvo al pueblo. Sólo fui a recoger recuerdos... y a despedirme. Porque, creo, si soy realista, que igual no vuelvo nunca más.