sábado, 23 de enero de 2021

CENANDO CON RODOLFO, por Pilar Escamilla Fresco

Vaya situación, Marga. No debes pensar más en ello. Aceptaste, y venga, ve a por ello. Has de asumir tu responsabilidad y cumplir lo pactado. Aunque no te apetezca nada, aunque pienses que esto es una locura. Si es que mira tú a quién te vas a encontrar: se llama Rodolfo. Con ese nombre seguro que podría ser tu padre. O eso o es un pijo redomado de los de Serrano. Insoportable. Será un relamido con el pelo engominado y la barba de una semana cuidada. Típico que intenta ir como desaliñado pero no le sale ni de lejos. Se nota, lo mires por donde lo mires, que es un pedante y puro postureo. Pero al grano, Marga: esto no será tan difícil. Una cena. Se lo has prometido a tu prima. Ella dice que está preocupada y que cree que con este tal Rodolfo te puede ir bien. Pero lo que ella no sabe es tu “voto de castidad”. Tampoco es que lo vayas contando a los cuatro vientos, pero es que la gente debería meterse sólo en sus asuntos. Y es que tras varias relaciones a cada cual peor (el último era esquizofrénico diagnosticado y medicado, con eso se ha dicho todo), decidiste darte un tiempo. Necesitas una limpieza espiritual, que el karma vuelva a su sitio y los chakras se alineen. Pero nada, ni un mes después de decidirlo, va tu prima, tu prima metomentodo y te organiza una cita a ciegas con su compañero de trabajo. Consultor a más señas. Si es que seguro que es un pijo asqueroso con traje y corbata y cara de póker. Porque vamos, en esas consultoras sólo trabaja gente así, lo sabes de primera mano. Anda que no te fuiste rápido cuando tu prima te “enchufó” e hiciste allí las prácticas de documentalista. No encajaste. Pero nada, ha pasado mucho tiempo desde eso. Ahora te has comprometido y has de ir, aunque no quieras. Cuando ella te lo dijo fuiste poco rápida: podías haberle dicho que no te apetecía. Pero la viste tan ilusionada… “Se llama Rodolfo, y no te voy a decir mucho de él, pero t-e-v-a-a-e-n-c-a-n-t-a-r -dijo con una mirada que no sabías si era picarona y sarcástica- ha entrado nuevo este año y es… uy, no te diré nada. Sólo cena con él.” Y así estás ahora, mirándote al espejo con ninguna gana de salir a cenar y sólo pensando que lo único que quieres es tirarte en el sofá y leer bajo la manta con una buena taza de té. Pero bueno, a lo que íbamos… a cenar con ese tal Rodolfo. Si es que vaya nombrecito, Marga…

Marga se pone un vestido sencillo, no quiere llamar la atención ya que sabe que es una cena de compromiso y que saldrá pronto, cogerá un taxi y directa a su piso. Dejó preparado en el salón el libro, bien colocado al lado de la manta.

- No me toquéis el libro, ¿eh? Lo quiero en el mismo sitio en el que lo dejo.

Marga habla con sus gatas como si la entendieran. Las gatas la miran y pareciera que dijeran: “Tranquila, humana, no te moveremos el marcapáginas”.

Marga sale de casa con el bolso. En el bolso ha metido otro libro, más pequeño, por si su cita le hace esperar o, a saber, por lo que sea. Siempre lleva algún libro en el bolso. Y no ha cogido el que está leyendo porque es muy gordo. Éste, de poesía, es más fino. Así el bolso le pesa menos. Se asegura de llevarlo todo: cartera con documentación y dinero (no iba a permitir que un desconocido la invitase, hay que pagar a medias), llaves, el móvil con batería a tope, el libro y un cuaderno y boli. Lo de siempre, a lo que añade la mascarilla de recambio por si se mancha la puesta (dichoso coronavirus) y el hidrogel.

Se mira en el espejo antes de salir de casa: bueno, no está nada mal. Sencilla, pero arreglada. El abrigo que se ha puesto le encanta. Es suave, como de terciopelo, con borreguillo en el interior. Se abraza al abrochárselo y se sonríe. Qué gusto salir de casa, tiene que reconocerse que en el fondo le apetece salir. Aunque no con ese tal Rodolfo.

Coge el bus que la lleva desde su barrio al centro de la ciudad. Allí ha decidido darse un paseo antes de llegar al restaurante de la cita. El trayecto en el autobús es tranquilo. La gente parece ensimismada en su mundo, y con las mascarillas, están todos más aislados aún, mirando sus móviles. Marga saca el libro. Mira, se dice, me viene genial haberlo traído. Se baja en la última parada y empieza a andar. Se abotona bien el abrigo y se siente cómoda. Hacía mucho que no salía por el centro de la ciudad y reconoce que lo ha echado mucho de menos. La ciudad está bonita. Se acerca la Navidad y ya han empezado a poner decoraciones, hay luces y la gente está poco en la calle. Se siente más segura de lo que pensaba. Pensó que se agobiaría, que habría un río de gente que le impediría disfrutar del paseo. Pero no es así. Aunque es cierto que es un día entre semana. Se dice que seguro que el fin de semana se pone todo peor. Está en sus pensamientos cuando le suena la alarma del móvil. Es hora de ir al restaurante, no quiere llegar tarde, es una falta de respeto hacerlo y ella no lo va a hacer, desde luego. Revisa sus notificaciones antes de emprender el camino. Tiene un audio de su prima. Qué pesada, por favor… Se pone los cascos por si es algo importante (que sea que se cancela la cita, por favor, piensa a la desesperada). Escucha el audio. Qué bobería, por favor. Su prima sólo quiere desearle una buena velada y le cuenta un chiste “verde”: el de cenicienta y la sandía. Para chistes está ella, piensa. Lo escucha por respeto, con la esperanza última de que al final le diga: oye, abortamos misión, me ha dicho Rodolfo que no puede ir. Pero nada, acaba riéndose como una niña pequeña con el chiste que ha contado, se despide y le dice que por favor le mande un audio detallado con la velada en cuanto llegue a casa. Y repite lo mismo que dijo el día que le habló de Rodolfo: t-e-v-a-a-e-n-c-a-n-t-a-r.

Jobar, prima, eres una pesada”.

Es todo lo que puede pensar en ese momento. Guarda los cascos y el móvil en el bolso y se dirige al restaurante. Al entrar le dice al camarero el nombre de la reserva y le indica una mesa donde ya hay un “señor” sentado. Porque eso no es un “compañero” de su prima: es un jodido señor. En ese momento a Marga le salen todas las palabrotas habidas y por haber por su boca. Piensa que vaya encerrona la de su prima, que ese señor podría ser su padre, que por lo menos tiene 20 años más que ella, que ya le dirá cuatro cosas bien dichas cuando llegue a casa. Se presenta educadamente, intentando disimular su decepción.

- Hola, buenas noches. Soy Marga, tú debes de ser Rodolfo.

Rodolfo sonríe y asiente. La mira fijamente. Tiene los ojos bonitos, piensa Marga. Y sacude la cabeza, “boba -se dice- es un señor, que acabe esto pronto.”

La cena transcurre como a cámara lenta. Resulta que Rodolfo es un señor pijo con cortijo en el sur. Y no se corta al decirlo, no una, no dos sino hasta tres veces. Marga le mira lo más educadamente que puede y se alegra de que sea un desastre de cita. Toma nota mental de todas las cosas que le va a decir a su prima en cuanto llegue a casa, porque sabe que sí, que mantendrá su voto de castidad, que sus chakras seguirán su camino para alinearse y podrá conseguir su objetivo. Seis meses de castidad, se propuso. “No es tanto, niña -se dijo-. Y más con estos candidatos. En fin.”

Él está muy preguntón, dice que lo quiere saber todo de ella, le pregunta de manera casi inquisitorial y ella responde educadamente, pero sólo lo que quiere.

- Qué poco habladora eres, reina. Pero tranquila, cuando acabe la noche te haré hablar por los codos.

Y tras decir esa tontería, le guiña un ojo esperando que ella pille la indirecta. Pero lo que ella piensa es: “vaya mamonazo”.

Por fin llegan al postre. Mira el reloj, ya ha perdido el último autobús, así que como ella pensaba le tocará volver en taxi. No pasa nada, al menos ha paseado por el centro. Lo echaba de menos y da gracias por el paseo. Está aprendiendo a agradecer algo cada día, a intentar ver la parte positiva de cada día. Aunque a veces le cueste.

Ella pide una infusión. Él una pieza de fruta. El camarero le canta la retahíla de frutas que tienen disponibles y elige una rodaja de sandía. Marga piensa que es ridículo (se acuerda del chiste que le ha contado hace nada su prima) porque en diciembre pedir sandía… a saber de dónde viene la sandía en diciembre. Cuando traen los postres, ella mira a Rodolfo, que no para de mirar a Marga con una gran sonrisa.

- Lo he pasado genial, Marga. Querría que acabásemos la cita en mi casa. Tengo una colección de libros antiguos de mis padres que creo que te va a gustar ver.

“Ja, y una mierda, ahí quieres tenerme, pues no pedazo pijo de mierda”- piensa Marga.

- No podré, Rodolfo, mañana madrugo mucho por trabajo y ya se nos ha hecho bastante tarde.

- De acuerdo, lo entiendo. Yo siempre respetaré lo que decidas. Ya te he dicho que no hay nada más importante para mí que tu satisfacción. Al menos, déjame pedirte tu teléfono para volver a verte.

Marga se lo piensa poco. Decide darle un teléfono falso: si al suyo le cambia un par de cifras, él nunca le podrá localizar. Salvo por su prima. “Mierda, vaya encerrona” - piensa Marga.

En ese momento observa a Rodolfo. Ha cogido la rodaja de sandía y se la mete en la boca (¡¡¡no usa cubiertos!!!) y empieza a comerla con auténtica golosía, cayéndole chorretones por los labios, mojándole las manos, poniéndose, como ella diría, gocho… En ese momento, Marga recuerda su voto de castidad, sus chakras y el chiste que le ha contado su prima antes de la cena.

Pensándolo bien, Rodolfo, sí quiero ir a ver esos libros que me has comentado.

“Mierda, Marga… que merezca la pena, por favor”.


RELATO INSPIRADO EN ESTE CHISTE

Está el hada con la cenicienta y:

Cenicienta: Pues tendría que cambiar de ropa, ¿no?

Hada: Sí, no puedes ir al baile con esa ropa...

Cenicienta: Querría un traje de raso, con una diadema de diamantes en el pelo y zapatos de cristal.

Hada: ¡Qué dices, niña!, eso ya no se lleva. ¡Abracadabra!

Y le pone a cenicienta una ropa de cuero con tachones, el pelo a lo arapahoe de color rojo y verde y botas de caña alta de color negro.

Cenicienta: Bueno, y ahora un carro tirado por blancos corceles y un paje...

Hada: De eso nada. ¡Abracadabra!.

Y convierte una piedra en un Michubichi 3000 GT V6 286 CV Biturbo 24V.

Hada: Bueno, pues ya está.

Pero recuerda: A las "doce" de la noche tienes que estar aquí o se te convertirá el chuminillo en una sandía.

Cenicienta: ¡En una sandía! Vale, hada madrina...

Bueno, llega Cenicienta al baile, y primero había una cena y le toca sentarse al lado del príncipe.

El príncipe se queda colado por ella, ella por él, paliqueando toda la comida.

Y cuando llega el postre resulta que es sandía.

El príncipe coge una rodaja con las manos y empieza a comérselo sin cubiertos, babeándose todo, con los churretones de sandía hasta los codos y haciendo un ruido así como schurlllpsss!, mientras Cenicienta mira espantada.

Y entre dos rodajas dice el príncipe (con los churretones de sandía por toda la boca):

Príncipe: Oye, Cenicienta, ¿a qué hora te tienes que ir?

Cenicienta: ¿Yo?, ¡A LAS CUATRO DE LA MAÑANA!

jueves, 14 de enero de 2021

Silbar la risa

Siempre recordaré, Edisa, tu risa musical. 

Sin miedo.
Así te enfrentas 
.                   a los problemas,
.                   a la vida,
.                   a todos los golpes que ella te da. 

Huérfana siendo aún casi niña,
tuviste que hacer de madre de quienes eran tus hermanos. 

Sin miedo caminas, 
sin miedo... 
Silbando mientras una sonrisa se dibuja en tus labios.

Pilar Escamilla Fresco

Poema del libro: Mi sombra sobre la falda de la montaña (Madrid: Caradeluna Ediciones, 2012

FELIZ CUMPLEAÑOS, ABUELITA, 
FELIZ 97 CUMPLEAÑOS.

sábado, 9 de enero de 2021

Vacío, de Rosa López

 Mirad qué cosa más bonita ha hecho Rosa, nuestra Rosa de España:


Vacío

Arte de verme tan diferente

De no sentir que puedo ser normal

Arte de estar sola entre la gente

Y agachar la frente una vez más

Por cada insulto mil lágrimas mías

Por cada en diferencia una razón

Maldita crueldad que me castiga

Cada día sin razón

Con miedo al reflejo que no miente

Por miedo empecé a mentirme yo

Con rabia y el cuchillo entre los que dientes

Desnutriendo el cuerpo alimentando mi dolor

Por cada sueño el precio es la tortura

Cada desprecio trae desolación

Tu estupidez aturde mi cordura

Ésta lucha no la elegí yo

Siento que este mundo no es el mío

Nada llena esté vacío que me enseñe a ser mejor

Sobra ropa aunque haga frío

La vergüenza me ha traído a este lugar sin compasión

Y pude que me sobren unos kilos

Que no sea de tu estilo, que no sepas ni quién soy

El peso que cambió mi alma

No fue el de la balanza, fue el de la presión

Soledad refugio para el día a día

Soñando jugar con los demás

Borrando la esencia que me dio la vida

Para convertirme en una más

Cada gesto aumentará mis dudas

Buscando el camino de agradar

El silencio esconde las heridas

Y la risa, y la risa la verdad

Siento que este mundo no es el mío

Nada llena esté vacío que me enseñe a ser mejor

Sobra ropa aunque haga frío

La vergüenza me ha traído a este lugar sin compasión

Y pude que me sobren unos kilos

Que no sea de tu estilo, que no sepas ni quién soy

El peso que cambió mi alma

No fue el de la balanza, fue el de la presión

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Las flores del tilo, de María Pérez Miñones

DATOS DEL LIBRO

Título: Las flores del tilo

Autora: María Pérez Miñones

Ilustradora: Clara Pérez Miñones

Editorial: Medulia

ISBN: 978-84-122825-2-8

***

Para un análisis mucho mejor que el mío de este libro, no olvidéis leer la reseña de mi querida Verónica: Las flores del tilo.

No sabría decir desde cuándo conozco a María o en qué encuentro de esos de los locos de Bookcrossing nos pusimos cara la una a la otra. Lo que sí recuerdo es su sonrisa y sus ojos: es luz, ella es luz.

María tiene una sensibilidad que la convierten en persona con dolor, pero también con placer. Las personas altamente sensibles tenemos eso, vivimos en montañas rusas. 

María ha sacado su primer poemario, y espero, por favor, que no sea el último. Es un poemario pequeño e intenso, muy intenso. Sus páginas están llenas de luz, a pesar de que por ellas destila el dolor, la ausencia, la pérdida... La vida no siempre es bella. Pero María sabe vestirla de belleza.

Sólo puedo darte las gracias, María, no sólo por la dedicatoria, sino por tu presencia en mi vida. A pesar de la distancia y del tiempo sin poder vernos: te quiero, te quiero muchísimo. No lo olvides. Eres esa amiga que se recorrió literalmente media península en autobús para acompañarme en la presentación de mi libro. ¿Cómo no voy a adorarte?

Y tras estas palabras, comentaros que el libro se vende en la web de la propia editorial (enlace) y que no podéis dejar de leerlo. Está bellamente ilustrado por Clara, hermana de la autora. Os comparto un poema para que veáis a qué me refiero con mis palabras, y debajo una foto de este poema y su ilustración.

Recordad, ahora y siempre: comprad poesía, leed poesía, compartid poesía. Es VIDA.

Dolor

Cómo nombrarte

cómo poner palabras a un lamento sutil

a la fragilidad de unas manos temblorosas

a esa sustancia viscosa que se extiende por mi abdomen

tupida gelatinosa.

Cómo comprenderte desde el vacío del que vienes

desde la distancia donde la profundidad es universo.

Cómo aceptarte

si me lanzas sin músculos al ring de boxeo

si me sacudes como a una alfombra

si me despeinas en las tardes sin viento.

Cómo hacerlo.

No alcanzo a acostumbrarme al llanto

al sonido de los cristales rotos después del golpe

al fuego que abrasa mi cuerpo tras escuchar el lamento del mundo.

Nada me resulta ajeno.

 María Pérez Miñones



martes, 22 de diciembre de 2020

La grieta

There is a crack, a crack in everything

That's how the light gets in.”

Leonard Cohen


La tengo a mis espaldas y no deja de mirarme. Y de crecer. Es evidente que algo se está tragando y no son sólo arañas y mosquitos. Mírala, es enorme, realmente enorme. Y cada vez más enorme.

Está en la esquina del fondo a la izquierda del salón, quieta, o parece estar quieta. Pero es evidente que, dado que no para de crecer, quieta precisamente no está. Asoma por la esquina del sofá, haciendo ángulo con otra más pequeña que apareció al lado del marco de la ventana. Ésta de la ventana me preocupa mucho menos, la verdad. Es ridículamente pequeña en comparación. Apareció al poco de que nos dieran las llaves de la casa y no se ha movido ni crecido ni un ápice desde su nacimiento. Sin embargo, la otra grieta… ésa sí es distinta. Parece tener vida propia, dentro de su aparente inercia. Cuando dejas de mirarla durante un tiempo, porque ya te has acostumbrado a ella y no le prestas atención, al poco te das cuenta de que es más grande, mucho más grande, y piensas: ¿se terminará de resquebrajar la pared, rompiéndose la esquina completa del edificio y cayendo todo a la parcela que hay debajo? Pero entonces te das cuenta de que es una idea un tanto ridícula. Y te sientes boba. Pero preocupada. Te sientes boba y preocupada.

Recuerdo que al principio, dentro de mi preocupación, consulté con un amigo arquitecto (siempre hay un tío cura - o una tía monja - y un amigo arquitecto, uno médico y uno abogado, al menos debería haberlos siempre) y me dijo que simplemente era porque la casa era nueva y se estaban asentando los cimientos. Que dejara pasar un par de años y que cuando fuera a pintar las paredes, pidiera que me la reparasen, sin darle ninguna mayor importancia. Pero es que no ha pasado tanto tiempo y es cada vez más grande, mucho más grande… y me asusta, lo reconozco.

Como buena fan de Doctor Who, no puedo evitar pensar en aquella temporada cuyo hilo argumental eran las grietas en el tiempo que, bajo la aparentemente inofensiva apariencia de una grieta ordinaria en la pared, podían abrirse en un momento temporal y llevarte a otro momento del tiempo a través de un vórtice temporal… Mi querida Amy Pond y la grieta de su pared dieron origen a una historia fascinante que duró toda la temporada y que me dejó fascinada. Venían a decir que estas fisuras temporales son consecuencia de diversas decisiones que parecen insignificantes cuando las tomamos, pero que afectan de manera asombrosa en otras personas. Podría ser como el famoso efecto mariposa. Y es entonces cuando me quedo pensando si esa grieta de mi salón no se estará alimentando de mis errores y de mis fracasos, en cuyo caso es normal que esté tan grande, ha tenido que darse buenos atracones.

Normalmente la tengo ahí, detrás de mí, mientras estoy sentada en el sofá, viendo la tele o desayunando con las noticias de fondo, y no le hago caso. Pero siempre hay algo que hace que le preste atención, es como si me llamase desde su quietud y silencio aparente. Puede ser una mosca que se cuela porque la ventana está abierta y se posa al lado de ella. Puede ser porque el cordón de la cortina de la ventana se engancha con el respaldo trasero del sofá y eso es justo al lado de ella, o porque buscamos el interruptor de la luz que mi hija decoró con un gomet cuando era pequeña. Sea como sea, parece que siempre consigue que nos fijemos en ella. Pareciera decir: “mírame, no me ignores, mira qué hermosa me estoy poniendo, cómo estoy dejando tu maravillosa pared con gotelé. Tú sigue tomando decisiones “tan buenas”, verás lo bonita que me voy a poner”.

Lo más desconcertante fue cuando el mes pasado empecé a oír ruidos detrás de ella, como al otro lado de la pared. Empecé a obsesionarme de verdad. Eran ruidos como de algo o alguien rascando la pared. Obsesionarme, preocuparme y asustarme un poco, todo hay que decirlo. Menos mal que ahí estuvo atento mi marido y supo ver que en la habitación del otro lado de la pared, en un cuadro con hilos y nudos marineros que tenemos colgado, se había despegado uno de ellos y colgaba sobre el escritorio… y claro, hilo que cuelga, gatas que juegan a cazarlo… arañando, de paso, la pared al otro lado de la grieta. Me sentí un poco ridícula, la verdad, pero aliviada.

Seguiré observándola. Aunque este próximo verano ya nos toca pintar toda la casa… No sé, tengo que decidir si arreglarla y tapar así todos mis errores, o mantenerla y tenerlos más a la vista. Difícil decisión...



jueves, 10 de diciembre de 2020

Escritores y escritoras por ciudad Juárez

Un año más, como cada 10 de diciembre, las Bibliotecas Municipales de León colaboran con la Red Internacional de Lecturas Solidarias, bajo el lema "Escritores y escritoras por Ciudad Juárez".

Este año, dadas las circunstancias, la actividad se desarrolla on line y las diferentes intervenciones se han publicado en tres videos, empezando con el primero de ellos a las 10.00 horas, el segundo a las 11:00 horas y el tercero a las 12:00 horas. 

El acto está coordinado por Mercedes G. Rojo, incansable y única. 

Podéis seguir dicha actividad a través de
Os pongo los enlaces a los tres vídeos. Yo tengo el honor de participar en el tercero, con un poema de Ángela Figuera Aymerich y uno propio. Espero que os guste.


miércoles, 21 de octubre de 2020

Regreso al hogar estival en seis sentidos y una fachada

"Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria"


Louise Elisabeth Glück (Premio Nobel de Literatura 2020)


Entramos en tu pueblo en silencio. Soy consciente de que estoy aguantando la respiración. No me has querido dar pistas de cómo es tu casa. Dices que quieres que sea una sorpresa. El asfalto gastado y agrietado, las calles estrechas, las fachadas encaladas con tejados llenos de parches, la cruz en medio donde se reúnen los vecinos y cada puerta con su banco de piedra y algún alma sentada a la fresca. Te miro intentando permanecer en silencio. Me cuesta. Sabes, sabes bien, que estos son casi los mismos rostros pero con otros nombres que habitaban la calle donde estaba la casa de mis abuelos y donde se quedaron los veranos de mi niñez. Tú también callas, pero me miras con el brillo de quien se sabe paje de los Reyes Magos o ayudante del Ratoncito Pérez. 


Tu pueblo y el mío se distancian apenas diecisiete kilómetros. Los sentidos comparten experiencias. Lo sabes. Por eso, me dices, no quieres enseñarme fotos ni contarme cómo es. Quieres que yo lo sienta. Y quieres acompañarme mientras lo siento, y darme la mano. Y es lo que trato de hacer: sentirlo.


En la escuela me enseñaron que tenemos cinco sentidos: vista, olfato, oído, gusto y tacto. Mi abuela decía que todos tenemos un sexto sentido, el de la intuición. Y que cada casa se diferencia de la de al lado, en los pueblos, por las fachadas. Porque en la ciudad, no hay fachadas distintas, sólo puertas repetidas con distinta numeración.


Hay hortensias cubriendo la fachada, el color del barniz marrón desconchado por el sol en los quicios de puertas y ventanas, y un tendal atravesando el porche cubierto de sábanas recién lavadas. He contado al menos cinco gatos escapando veloces de nuestro coche.


Huele a gato callejero, a jabón hecho en casa, a guiso de bacalao y a Teleno. Es un olor muy peculiar que tengo enraizado en lo más profundo de mí. Y lo he reconocido en el primer instante. Son los gatos que perseguía de niña, el jabón con el que lavaba mi abuela, el guiso que nos daba los viernes y las nieves casi perennes que nos perseguían todo el verano.


Los gatos huyendo de un coche que llega, el trino de algún pájaro al fondo, el silencio de la era sin limpiar aún y llena de maleza, y los grillos que de noche se apoderan de las estrellas. La música de los veranos de mi niñez que vuelve a mí años después.


Teresa sale a la puerta con la bata fina encima de su ropa. Igual que mi abuela, no se la quita casi nunca. Apenas para ir al médico o para jugar la partida. Su uso es más que una bata: mandil y seña de identidad con bolsillos enormes llenos de pañuelos y de caramelos. Su rostro, al besarlo, sabe a bacalao con patatas. El mismo bacalao con patatas que mi abuela nos daba.


Teresa tiene la piel de las manos fina y arrugada, como papel de fumar, llena de venas que atraviesan sus falanges de punta a muñeca. Los dedos gruesos, rugosos y con durezas, dedos que no han descansado ningún año y que gritan todo lo que su dueña quiere callar. Su abrazo recoge a la niña que llega en mí y que está aguantando la respiración emocionada.


Me has devuelto el hogar de mis veranos, el abrazo de mi abuela, los paños sobre los sofás, las muñecas con rollos de papel higiénico bajo las faldas de ganchillo, la Dama de Elche al lado de la tele y el olor de las rosquillas recién hechas. 


No querías darme apenas pistas de cómo era la casa del pueblo. No querías decirme nada para sorprenderme. Querías tener la certeza de que me gustaría. Lo que no llegaste a imaginar fue que al traerme aquí me devolverias los veranos de mi infancia y la casa de mis abuelos que perdí hace años cuando, cuando tras fallecer mi abuelo, y con la enfermedad de mi abuela, mi madre y mis tías decidieron venderla.


"Nostos" es una expresión de origen griego que se puede traducir como "regreso al hogar". Yo no paro de pronunciarla en silencio desde que me bajé del coche. Me da miedo pronunciarla en voz alta, no sea que se materialicen las diferencias que sin duda hay. Quiero esta emoción que ahora me embarga. Y no soltarla jamás.


Gracias.


Pilar Escamilla Fresco. Octubre 2020



Acuarela autoría de José Luis.