domingo, 15 de octubre de 2017

Los recuerdos nublados

Los recuerdos nublados,
como tu despertar.
Costa rocosa de Galicia,
que amaneces borrosa
y recibes al día
pensando en la despedida.
Mas no es sino una forma
de decir buenos días
sin una sonrisa.
Galicia melancólica,
triste y dormida.
Bajo las aguas enterradas
de tus Rías Baixas
mis sueños más hermosos yacen,
esperando resurgir
quizás ser olvidados.
Los recuerdos nublados, Galicia,
como tu risa, mar y costa rocosa,
que amaneces borrosa,
y recibes caricias,
que ya están perdidas.
Galicia, como tu brisa. 
Pilar Escamilla Fresco 

Durante varios años de mi adolescencia fui a pasar parte del verano a la Playa Patos, en el Concello de Nigrán, una zona rocosa y poco explotada en aquella época, situada entre Vigo y Bayona.  Mi tío Benja, mi tío guay, el que hacía parapente y viaja como ninguno, el que nos daba vueltas en su moto, allí tenía un apartamento que nos dejaba en verano. Y yo paseaba por esa playa salvaje y miraba esa tierra rebelde que siempre me dejó enamorada, siempre, siempre... y hoy, más que nunca. Aunque este poema no es nada bueno, tiene más de 25 años y yo, yo, hoy, no quería acostarme sin recordar aquellos momentos que también estuvieron llenos de incendios en la zona.

Nunca máis, nunca máis, nunca máis...


miércoles, 20 de septiembre de 2017

Café, cigarro y piel

Tu imagen me persigue cada vez que cierro los ojos y me abrazo a mí misma en silencio. Tú sabías abrazarme y calmarme como pocas personas han sabido hacerlo. Hoy es tu cumpleaños, y ya no estás aquí para celebrarlo, pero yo sigo hablando contigo. Cierro los ojos y te llamo, y me explicas ese pasado que yo desconozco, y pones un punto de razón sobre todo aquello que me descoloca y me rompe a diario. Sé que en algún momento de tu vida te rompiste tan profundamente que nada ni nadie fue capaz de arreglarte. Siempre de pie, con un café en la mano, en la otra un cigarro encendido. Un saco de huesos y piel, me dices, dame cuarto y mitad y compartimos tu exceso con mi defecto. Y nos reímos. Te acaricio. Estás áspera y suave a la vez. ¿Cómo es posible? Porque tú estás llena de belleza que no eres capaz de ver. Me dices: "Pili, aplícate el cuento". Hablamos de dormir. Te digo que el sueño es algo que involuntariamente nos aleja de nuestros monstruos. "O nos acerca", me dices. No sé si tus pesadillas eran eso. Para mí mis pesadillas existen mientras estoy despierta. Pero tú siempre me decías que no, que las llevamos siempre dentro.

Tengo muchas imágenes de ti en mí. Tantas que no sé por dónde empezar. Tu boda y yo enseñando presumida ese anillo que por fin estrenaba. Tú embarazada, Javier corriendo por las calles de San Román y Astorga junto con mi hermana Ana. Tú enseñándome tus castettes de Pimpinela, Jeanette y Charles Aznavour. Yo cantando contigo. Las dos desafinando. Descubro un poema en una postal dentro de uno de tus libros. "¿Es tuyo?", te pregunto. "No, querida", me dices "yo no tengo ningún talento". Mientes, Bego, mientes y lo peor es que no lo sabes. Tienes millones de talentos y has dejado agujeros tan profundos en todos nosotros que no podrán taparse jamás. Pero porque no queremos taparlos. Porque todos querríamos que siguieras a nuestro lado, recorriendo las Ramblas mientras nos reímos de quienes llevan colonia de pijos o vestidos imposibles. Eres mi ángel, lo sé. Me enseñaste mucho, aunque no lo pudieras saber o quisieras creer. Me enseñaste a ser valiente. A enfrentarme a mis miedos. Me diste las ganas de vivir que a ti te faltaban. Me enseñaste a mirar la vida por todos los lados. Me enseñaste el Romance del Conde Olinos. Me enseñaste a leer poesía en las estanterías llenas de libros de historia del abuelo. Me enseñaste a buscar más allá de lo que vemos. Me enseñaste la rabia. Me enseñaste la resignación. Pero acompañada de ganas de luchar. Me enseñaste a no rendirme. Me enseñaste la lasaña y los fideos de arroz con verduras. Si soy adicta al café creo que es por ti. Me enseñaste a llorar, llorar suave, llorar callado, llorar alto, llorar a gritos, llorar de cualquier forma, pero llorar. Te dolía la vida a la vez que la amabas. Amabas respirar mientras fumabas y te lanzabas de cabeza, directa, a estrujar esos pulmones que te alejaron de todos los que te queremos y seguimos pensando en ti tantas veces que pareciera que no te has ido, pero lo hiciste, lo hiciste. Y duele saberte ausente.

Allá donde estés quiero que sepas que no te hemos olvidado, ninguno. Tu hijo es un hombre bueno, hermoso, trabajador y feliz. Ha encontrado la paz y el amor. Yo sigo con mis luchas, pero voy venciendo poco a poco a mis demonios. Me gustaría que vieras en qué me he convertido, todo lo que he conseguido y estoy consiguiendo. Me gustaría que conocieras a mi hija ahora que ya no es un bebé, la adorarías. Y te alucinaría como me alucina a mí. Te consideré siempre mi hermana mayor. Eras mi madrina, mi dulce hada madrina. En los días y las noches, protegiéndome sin saberlo, sabiéndote a mi lado y sintiéndote cerca. Que sepas que toda esa oscuridad que te tragabas no podía apagar el enorme corazón que tenías. Pero sí apagó tus pulmones. No puedo evitar pensar que hoy cumplirías 60 años y que tenemos que celebrarlo, joder, porque 60 años es una edad increíble. Pero no estás aquí para celebrarlo. En cambio aquí estoy yo, de madrugada, llorando porque quiero abrazarte una última vez. Como aquel fin de semana que me escapé a tu casa a la espalda de la Sagrada Familia para verte en ese hospital donde te consumías. Y lloraste como una niña pequeña al verme porque no me esperabas. Y te abracé pensando que quizás no volvería a hacerlo... Y no volví a hacerlo... no a ese cuerpo menudo, pequeño, frágil que siempre me miraba con más amor del que yo creía merecer. Y en eso somos tan iguales: amamos tanto a los demás que nos olvidamos de amarnos a nosotras. Pero las coincidencias entre tú y yo no se quedan ahí. La enuresis nocturna que tanto tiempo se me ocultó que tú también padeciste tantos años. El amor imposible. La culpabilidad. La fusta interna que hace que seamos culpables de cualquier desastre que ocurra. El miedo. Pero la sonrisa para los demás, el abrazo incondicional y esa inmensa facilidad de escuchar y querer, de amar a pesar de todo, gracias a todo.

Una de las últimas frases que me dijiste fue para mí una de las más importantes de mi vida: "Pilar, cariño, no hagas con la comida lo que yo he hecho con el tabaco.". Y a punto he estado de fallarte. Pero no lo haré, no lo haré. Porque allá donde estés quiero que mires con orgullo que yo de ti he aprendido lo que no llegaste a creer nunca: las ganas de vivir.


Te echo de menos. Siempre te echaré de menos. Y nunca, nunca, nunca dejaré de quererte.

Autora: lolitpop (Isabel)
Más ilustraciones sobre la depresión: depression illustrations.

Más relatos de esta colección:  Amor, neurosis y vida
Mi playlist de Spotify sobre estos posts hoy ha crecido un poco más: Neurosis.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Bolso grande

Ha llovido mucho desde esta entrada en mi blog, y sigo llevando un bolso grande. Y por mucho que pase por el quirófano, seguiré llevando bolso grande. Siempre.

Bolso grande (diciembre de 2013)

viernes, 4 de agosto de 2017

Soy la Reina de los Mares

Soy la reina de los mares
y ustedes lo van a ver
tiro mi pañuelo al suelo
y lo vuelvo a recoger, a recoger.
Popular
Nací germen de plata en un río cerca del Mediterráneo.
Y era algodón dorado con tubérculos rizados.
Mis dedos soplaban gorgojos y leche en polvo.
Querían que fuese paloma blanca sobre fondo rojo.
Fui obediente y complaciente.
Hicieron de mí una torcaz suave que a los pocos años
se convirtió en lobo malo sin culpar a nadie.
Y entonces fui caperucita roja en una noche sin otoño.
Cociné bizcocho de nueces y canela pero sólo salió odio del horno.
Y otro lobo me devoró sin sombras que testificaran su culpa.
Me retorcí. Saqué las uñas. Prendí fuego con mi furia.
Y el lobo no me vomitó. Me retuvo en sus entrañas
hasta que crecieron pequeñas alas en mis pupilas doradas.
Volé, o creí hacerlo, hacia un pueblo sin aceras.
Escribí con tiza en todas las calles para mostrar mi dolor.
Y lloré sangre sin saber cómo. Me prestaron pañuelos de seda,
pero fueron inútiles. Para quemar mis náuseas tuve un plan.
Las sepulté bajo perlas arco iris que vaciaron mis tripas.
Las lavaron. Lo hicieron varias veces.
Lo intentaron con agua de montaña. Pero había polvo.
Y fui entonces ave fénix. Y mis cenizas llovieron.
Regué con ellas los escenarios de varias ciudades.
Me aplaudían. Me sentí cisne después de creerme patito feo.
Licencié mi sabiduría con tablas numéricas y fórmulas mágicas.
Pero acabé volviendo a mis libros de hechizos
para robar la felicidad de almohadas ajenas.
También fui princesa de fábula y tuve mi caballero.
Montaba un hermoso corcel negro mientras salía a mi encuentro.
Quiso derribar al dragón que me tenía encadenada.
Pero fue imposible. Me había enamorado de sus fauces de fuego.
El miedo me llevó de la mano de un príncipe gitano.
Las cataratas azabache que adornaban su rostro me dieron paz.
Me cantó bajo la luz de mi luna y me llevó a un palacio en el desierto.
Allí fui madre de una sirena de agua dulce.
Al poco volvió mi ser negro. Fui bruja volando en escoba.
Mi caldero espumaba incertidumbre y dolor.
Y no fui capaz de retener la erupción volcánica
que vertió todo eso sobre las alfombras de palacio.
Y me sentí perdida en un laberinto de hormigas.
Tuve que volver a llorar.
Y mis lágrimas fueron océanos con peces de colores
que mataron el desierto de mi palacio y lo llenaron de flores.
Al final me volví Reina de los Mares.
Y allí, entre mis truenos y mi incertidumbre,
no encontré delfines a los que contar mis penas.
Pero fui feliz. O eso creí.

Pilar Escamilla Fresco



domingo, 7 de mayo de 2017

Madre

El saber popular dice que madre no hay más que una, pero debería ser actualizado. En mi caso no hay más que una, pero a veces hay dos, o tres, o tiene que sustutuirla papá, o la abuela, o esa persona que te quiere, y a veces no hay ninguna, y tienes que hacer de madre de tus hermanos... Pero yo tengo una, y la mía es la que hace siempre las mejores croquetas, el mejor cocido, la mejor lasaña y el bizcocho más rico.

Yo tengo a mi madre, y tengo la suerte de poder disfrutarla de cerca siempre que podemos. Y ella a la suya. Somos afortunadas. Aunque la cabeza de mi abuela no sepamos muy bien dónde está, aún podemos abrazarla. Mi abuela Edisa, mi madre Fredesvinda, yo y mi hija Edisa. Somos cuatro generaciones de mujeres distintas. Pero que se quieren. Hoy, como todos los primeros domingos de mayo, deseo abrazarte y decirte, madre, que tengo en ti mis raíces más profundas y queridas (Raíces), que tú me has dado herramientas para ser yo madre y proteger a mi hija de cualquier cosa, hasta de los monstruos de sus pesadillas (Los monstruos tienen miedo de las mamás).

Y, como decía Nerea, del grupo Negar (que luego se llamó Estación Norte):

"Ahora que estás a mi lado,
ahora te quiero decir,
que voy a echarte de menos
cuando te tengas que ir..."

Os pongo un enlace para escuchar la banda sonora de hoy: Sin pijama

Subid el volumen y escuchad la letra.

Feliz día, mamá, te quiero mucho, mucho, mucho. Y lo sabes.

Y os dejo con una imagen...


Feliz día a todas las mamás, presentes y futuras.






martes, 4 de abril de 2017

El lobo respira libertad


Ilustración de: Shawn Coss

Muere lentamente quien pasa por la vida en la sustancia gris de la oficina al trabajo. Por eso tú no mueres lentamente, sino intensamente. Tres de la mañana. Mi sueño se apaga para ir al baño. Te descubro tecleando de manera compulsiva con la espalda algo corvada delante del ordenador. Tus ojos están rojos. Tus manos no sueltan ni el cigarro ni la cerveza. Y algo en tu mirada me dice que has vuelto a hacerlo, que has vuelto a vomitar los textos que mañana harán estremecer a todos tus lectores. Buscar tus manos mientras me pides que me siente a tu lado. Regar la noche con cerveza y aroma a tabaco barato. Besarte las orejas. Morderte el labio inferior. Abrazarte con fuerza. Sentir tu respiración en mi pecho mientras acaricias mis pezones. Robarte una canción. Escucharte cantarla. Tus hoyuelos de madrugada picarones y sonrientes. Sombras bajo los cuadros que adornan tus paredes. No quieres ni oír hablar de dibujos, bolis bic o similares. Eres Alberto, el de los libros. Te acuestas a mi lado. Me miras mientras mi respiración se corta porque la apnea quiere dejarme soñando en el inconsciente. Te asusta mi respiración, pero te has acostumbrado a ella. Sabes que antes del minuto de silencio vuelvo a coger aire. Me ahogo y lo sabes. Mi cuerpo me ahoga y me miras con pena y con cariño. No sé muy bien cuál sentimiento de esos dos es el más fuerte. Dices que me quieres con una voz dulce y pausada. Yo cierro los ojos. Quiero que me hables de tus fantasmas pero no me atrevo a preguntarte. Tiene que ser algo que tú quieras hacer. Hablar. Hablarme de las cámaras ocultas. Hablarme de las voces que ya no sé si sigues oyendo. De tu loro Charly. Tu madre llorando mientras te mira al otro lado de la puerta. Tú hibernando en una habitación que Marisa bautizó como la habitación del pánico. Abrazarte más fuerte de lo que lo haría una camisa de fuerza. Mamá y papá que te quieren mucho. Pero que no te entienden. Explota tu cabeza como una olla exprés repleta de palabras e imágenes. Lecturas por hacer. Lecturas iniciadas. Lecturas finalizadas. Erudito sólo con abrir los labios y pronunciar una palabra. Quién sabe de qué hablas. Pero hechizas a tu auditorio. Buscas a Serrat. Penélope. Con su bolso de piel marrón y sus zapatos de tacón y su vestido de domingo. ¿Me ves a mí con un bolso de piel marrón o con unos zapatos de tacón? Creo que ni tengo vestido de domingo. Penélope. Cantas con el cigarro sujeto por dos dedos largos con las uñas cuidadas. Me levanto a prepararme un café. ¿Quieres uno? Cargado, dos cucharadas de azúcar. Hazme las migas que me hacía mi abuela. Desnudar mis defensas al ritmo de Silvio. Dices que también hablo en sueños. Tú sólo roncas, a veces más, a veces menos. Depende de lo que hayas bebido antes de caer rendido. Tu voz dulce. Pilar... Pilar... ¿estás? Ese abrazo en medio de la sala. Tú en pijama. Yo a medio vestir. Ven esta noche. Quédate conmigo. Me gusta hablar contigo. Mañana madrugo, Alberto el de los libros. Yo necesito pagar mi hipoteca y trabajar. No quiero dormir, sino estar a tu lado, beberme tus palabras a sorbos de cebada con limón y dejarme mecer por el vaho de las ventanas de una terraza cerrada. Un perro en una calle sin asfaltar en un pueblo. Un pueblo lleno de borracheras y resacas de infierno. Cristales y polvos mágicos. El sueño de una inteligencia cuya imaginación desborda de imágenes los cuadernos. Recrearme en tus labios. Una pantalla desprotegida de tu imaginación a la que atacas a golpe de teclado con la mirada ida. Resistir en medio del miedo. El encierro. No entiendo nada, mamá. ¿Dónde estás, mamá? Ven a buscarme, hace frío y estoy solo. El señor de la bata blanca me mira mal. Dice que no vendrás a por mí. Sácame. Llévame de vuelta con la abuela Ciriaca. Quiero sacar a Charly de su jaula para conversar con él sobre unos textos inéditos de Wallace. Me dijo que quería que le siguiera leyendo más capítulos. Cariño, sé que necesitas descansar, pero cuánto quiero que te quedes conmigo más tiempo. Ven a sentarte a mi lado. Bésame. Abre la boca. Abre más la boca. ¿Te gustan mis besos? ¿Soy guapo? Perdóname, estoy muy borracho. Acuéstate si quieres. Pero cuánto me gustaría que te quedases conmigo charlando. 



Ilustraciones arquitectónicas de de F. Babina. Fuente


Más:  Amor, neurosis y vida

lunes, 3 de abril de 2017

Vuelo en el desierto



Al final de la nube, un halcón te ignora. Despliegas tus alas de nailon sobre el verde nevado. Vuela, vuela alto. Vete lejos donde los conflictos se hacen minúsculos y desaparecen bajo el microscopio. Ser una célula cancerígena que se reproduce por doquier y dejar de buscar el escrutinio sobre las mayúsculas en un puente elevado. Agarra tu mochila, que no se la lleven. Dentro cables, adaptadores y el cerebro de tu primer oso de peluche. Rescata esa pestaña suicida que se cuela entre tu nariz y tu labio superior. La barba negra, rizada, poblada. Recoge los cabellos que despejan la frente iluminada por el cansancio. Insatisfacción bronceada bajo un puente del Teleno al infierno. Un río de hadas que sobrevuelan cantos rodados y nieves perpetuas. Una torre se cruza en el infinito de tus pesadillas. Caminando entre chabolas que se cruzan con las luces perpetuas de la Castellana. Y cierras los ojos. Los parpados raspan granos de arena con las pupilas marrones que no quieren chillar. Es el desierto. Sudán a tus pies. Arena suave como polvo de talco tostado al sol. Se hunden los pies. Camuflas los dedos tras las sandalias de esparto. Llueve polvo. Llueve polvo. Y la arena se mezcla con la sed de tus labios resecos. Vuelves a tu cama. A la almohada de los deseos de aquella que no amas. A los sueños palpitantes de los sexos de todas las mujeres a las que amaste. A los ríos de pólvora que sembraste en plazas de grano de siglos pasados. Silencio. Silencio. Silencio. Crees que tu cabeza no puede más. Estallará y extenderá la metralla por todos los acantilados del Atlántico. Volar como un pájaro. Ser ese halcón que vuelve a ignorarte frente a ti. Las nubes bajas. Las sombras de los cuatro molinos de Don Quijote sobre el Parque Norte. Sentirte pequeño, encogerte, hundirte en el hormiguero que es el metro de Madrid. Vuela. El metro de Madrid vuela. Pero tú no vuelas. Inviertes tus días y tus noches en consumir lo que ganas, en beberte lo que queda de tus nóminas tras pagar el alquiler y las facturas. Zumo de cebada y lúpulo. Espuma. Charlas. La soledad entre los millones de vidas cercanas. Gente que te quiere. Gente que te llama. Gente que te habla. Demasiadas palabras. Te ahogan. Te ahogas. Cierras los ojos. Una playa inmensa ante tus pies, también descalzos. El silencio del mar calmo del meridiano. Olas pequeñas. Ni un alma. Y una arena esta vez blanca y suave. Ahora sí parecen polvos de talco. Hundes tus pies descalzos. Polvos de talco que tu madre, Margarita, usaba contigo y con tu hermano de pequeños. Ven, te dice, dame un abrazo. Hijo, no seas tonto, no dejes el trabajo. Hijo, ven a mi lado. ¿Estás bien? El Parque de los Reyes de España, unos columpios sin niños y la bicicleta atravesando la ciudad. Y la música perenne en tu cabeza. Simuladores de vuelo. Cuatro cuerdas. Seis cuerdas. Un ukelele, diez guitarras, una calimba, un contrabajo, el ruido de las mudanzas sobre las pesadillas. Atrapar las pesadillas con una red india. Ventanas con vistas al infinito y más allá. Socorros sobre asfalto en carreteras de pago. Una motocicleta sin conductor. Los ruidos del tractor recogiendo los fardos de paja al acabar el verano. Las moras al lado del río. Meriendas con nocilla y chorizo. Baños sin ropa. Las chicas del pueblo crecen. Crecen sus cuerpos. Crecen. Aguadillas y besos robados sin oxígeno. No respires. Abrázame. Abrázame fuerte. Toma mi lengua en el paladar de tus encías. Vuelve el nailon donde los halcones hacen sus nidos. Aterrizajes sin señales de tráfico, stops ni direcciones únicas. Quizás el tobillo flojea pero no es hora de llorar. Los hombres no lloran. Los hombres no lloran. Los hombres no lloran. La plaza de Santa Ana, la fuente de los Siete Caños. Buscar tras los sauces las lágrimas que los hombres no derraman. Dos ríos para una ciudad de reinos visigodos. Que no me falte el aire. Mar y cometas sobre la playa. Células madre. Envejecer o vivir eternamente. Soñar que eres inmortal. Sólo puede quedar uno. Pero eso es falso. El cáncer avanza. Enfermedad del siglo XX. Enfermedad del siglo XXI. Cáncer sobre fondo rojo de puesta de sol en medio del desierto. La arena en dos copas de vino tras el cristal de la vitrina. Cuchillo bereber para partir los alimentos. Se me queman los pies. En la playa y en el desierto, el sol convierte los granos de arena en carbones de un incendio. Mover el cuerpo hacia la izquierda. No estarse quieto. La música de Riaño sobre un acantilado blanco. Cómo hacerla comprender que no la quieres de compañera. El amor duele. Te duelen las encías, te duelen la rodilla derecha, el tobillo izquierdo. Escaleras para un cuarto en piso compartido. Nubes, nubes y nubes. Estrellas sin polvo ni ceniza. Eccemas. Tu piel se cae como tus recuerdos. Vuelves al pueblo. Al fogón de la abuela. A los cuentos al pie de la cama. Al silencio de una noche plagada sólo de grillos. A salir a la calle tras el colacao y las galletas maría y recorrer las calles llenas de cagarrutas de oveja, pequeños conguitos que riegan el recorrido de la cañada. El lúpulo en la carretera. Volver al canal a mojar los pies y a bañarse desnudo. Cinco años y una guitarra hecha con hilos y una caja de madera. Cerrar los ojos. Descansar... simplemente.



Las imágenes de este post son del libro "El árbol rojo" de Shaun Tan. Más información: Shaun Tan


Más:  Amor, neurosis y vida.